Imagínense en la ciudad de México, dentro del tumulto del metro, con las múltiples personas que se agolpan unas a otras inmersas en lo gris de lo cotidiano; muchas de ellas ensimismadas en su rutina, otras desesperadas por llegar, compartiendo los humores y mal humores del día. Ahora imaginen que de pronto llega a sus oídos un suspiro, un susurro de poesía que por allá suavemente nos lleva letra a letra las palabras de Octavio Paz, Paul Verlaine, Philippe Soupault o Jaime Sabines.
Es la sombra del agua y el eco de un suspiro, rastro de una mirada, memoria de una ausencia (Sabines) que prende nuestros sentidos y nos ayuda a escapar de la monotonía. Una tregua que nos despierta y permite la pausa violenta dentro de la vorágine que nos devora día a día, minuto a minuto. Es un regalo, un detalle, un paréntesis en medio de nuestra jornada.
Sin saber quién ni de dónde, volteamos inmersos en la magia y ante nosotros aparece un personaje extraño, que vestido con un traje negro, muy elegante, ataviado con paraguas y un largo bastón hueco, a través del cual pasa su voz suave que emula la poesía de los grandes.












Últimos comentarios